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febrero 25, 2026
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El renacer de Luna, la joven atacada: el desafío de volver a casa y la promesa de no heredarle «lo feo» a su hija

A sus 22 años, tras 23 días de pelear contra la muerte y la incertidumbre, Luna recibió el alta médica. Fue baleada por jóvenes de 16 y 17 años de edad.

Hay regresos que se celebran con el alma, aunque el cuerpo ya no sea el mismo. Ayer, lunes, el sol de la tarde cordobesa iluminó la salida de Luna López del Hospital Córdoba. Sobre una silla de ruedas que hoy es su nueva realidad, pero que ella abraza como el vehículo de una segunda oportunidad. A sus 22 años, tras 23 días de pelear contra la muerte y la incertidumbre, Luna recibió el alta médica. Su historia, que comenzó con un balazo cobarde en barrio Yapeyú, hoy escribe un capítulo de resiliencia pura.

En diálogo con Puntal, la joven dejó traslucir una mezcla de alivio y una determinación inquebrantable. “Estoy muy emocionada de estar en casa”, dice, y en esa frase se resume la victoria de alguien que, hace menos de un mes, rogaba por un minuto más de vida.

Luna no olvida. El recuerdo de aquella madrugada de febrero está intacto. Tras ser baleada por adolescentes de 16 y 17 años, uno de ellos incluso fue pareja de su hermana, su mundo se apagó y se encendió entre luces de quirófano. “Yo de eso me acuerdo, porque primero estuve en el Rawson y de ahí me despiertan consciente. Me estabilizaron y me pude dormir un poco, pero yo no me quería ni dormir”, confiesa a este diario.

Ese miedo a cerrar los ojos y no despertar era el miedo de una madre. Luna tiene una hija de un año y siete meses, una “chiquitina” que fue el motor para no rendirse cuando sentía que la vida se le escapaba. “Tenía mucho miedo, rogaba mucho por mi vida”, repite, y es imposible no conmoverse ante la imagen de una joven de 22 años suplicando al destino para no dejar huérfana a su bebé.

El regreso al hogar no es una vuelta al pasado. Luna sabe que el barrio Yapeyú, donde se crió y donde sus padres también crecieron, ya no es lugar para ella. “Mi nena no se va a criar ahí”, asegura con una firmeza que no admite discusiones. La familia se ha mudado y el alta médica se demoró unos días justamente por eso: estaban acondicionando el nuevo hogar para que ella pudiera desenvolverse con su silla de ruedas.

“Yo podría haber tenido el alta mucho antes, solamente estaba esperando las refacciones de casa”, explica. La mudanza no es solo de dirección, es de estilo de vida. Antes del ataque, Luna y su pareja llevaban adelante un emprendimiento de bebidas y tragos (MyL Bebidas). La joven no baja los brazos: aunque hoy su realidad física es otra, el espíritu emprendedor sigue vivo. “Falta poco para terminar la obra. Tenemos que armar nuestro negocio nuevamente para volver a trabajar”, proyecta, mientras agradece a los organismos gubernamentales que estuvieron al pendiente y le facilitaron la silla de ruedas que hoy le permite estar en su hogar.

A pesar de que el balazo le dañó la médula y la dejó parapléjica, Luna sorprende por la ausencia de odio en su discurso. Su reclamo de justicia es firme, pero carece de veneno. Conoce a los agresores; son «chicos del barrio» que, según ella, siempre se movieron dañando a los demás y que arrastran problemas de adicciones.

“Espero que puedan ser condenados, que paguen lo que hicieron. Espero que no salgan de un día para otro y que su condena no sea corta”, reclama. Sin embargo, cuando se le pregunta qué les diría, su respuesta desarma: “No les deseo el mal tampoco. No tengo ningún tipo de rencor. Las cosas se dieron así, me podría haber pasado a mí o a cualquier otra persona. Solo deseo que paguen y que ojalá algún día cambien, porque han hecho mucho daño”.

El momento más profundo de la charla con Puntal llega cuando Luna habla del futuro de su niña. La pequeña todavía no habla, y Luna agradece ese silencio porque le da tiempo para encontrar las palabras adecuadas. Hay algo que la desvela y es, quizás, la frase que mejor define su lucha actual: “No quiero dejarle lo feo de este mundo”.

Luna se refiere a la violencia, al dolor, a la traición de haber sido atacada por gente conocida, a la oscuridad de un barrio que se volvió peligroso. “¿Qué le diría a mi hija? Tengo tiempo para pensarlo. No tengo las palabras ahora, pero tengo tiempo”, reflexiona. Su objetivo no es solo volver a caminar o reabrir su kiosco; su misión es filtrar el mundo para que su hija reciba el legado de una familia trabajadora y con ganas de progresar y no ese lado oscuro y hostil.

A sus 22 años, Luna López es una mujer que debe reinventarse. “¿Mi futuro? Qué buena pregunta, porque nunca me lo imaginé”, confiesa con honestidad brutal. Pero inmediatamente vuelve a su eje: “No sé, yo siempre pienso en mi hija, buscándole el lado bueno”.

Hoy Luna comienza su rehabilitación. Sabe que el camino será largo y que dependerá de la solidaridad de la gente, comparte su alias TODOS.LUNA1, a nombre de Luna Rocio López. Pero mientras tanto, disfruta de lo más simple y valioso: estar viva, estar en casa y, sobre todo, estar con su hija.

La joven que “rogaba por su vida” en una camilla de hospital, hoy es la mujer que, desde una silla de ruedas, le planta cara al destino. Porque Luna sabe que, aunque le arrebataron el movimiento de sus piernas, no pudieron tocar su capacidad de amar y proteger. Su hija no heredará la tragedia; heredará la fuerza de una madre que decidió que lo «feo» se queda atrás, y que adelante solo hay espacio para empezar de nuevo.