Marca Informativa CBA

junio 5, 2026
Generic selectors
Coincidencia exacta
Buscar en el título
Buscar en el contenido
Post Type Selectors

El pogo más triste del mundo se mudó a las calles de Córdoba

Misa ricotera en el centro de la ciudad de Córdoba.

La cita fue en la intersección de boulevard San Juan y avenida Vélez Sársfield. Esa esquina que el mapa cordobés tiene reservada para los gritos —sean de protesta, de marcha o de desahogo deportivo— esta vez mudó su fisonomía para convertirse en un altar a cielo abierto. Sobre el asfalto donde habitualmente ruge el tránsito, se montó la misa ricotera más triste. Hubo abrazos largos entre desconocidos, lágrimas que ganaron las mejillas de pibes y veteranos, y por sobre todo, mucho aguante. Entre banderas que flameaban con rabia y melancolía, guitarras criollas desgranaron los acordes que ya habitan el patrimonio emocional de las calles, mientras bandas tributo ponían música a la incredulidad de la jornada.

Córdoba 12 estuvo ahí, caminando entre la multitud para escuchar el pulso de una ciudad herida. El denominador común de la tarde fue el rastro familiar: la enorme mayoría de los jóvenes que coparon la esquina coincidieron en que llegaron a Patricio Rey porque era la cortina musical de sus infancias, el sonido que inundaba las cocinas y los patios de sus casas.

Camila, con los ojos todavía enrojecidos, recordaba ese legado doméstico: “La primera canción que recuerdo haber escuchado, porque en mi casa siempre se escuchó el Indio, fue La Bestia Pop. Me acuerdo del ritmo y bailarlo yo de chiquita, era un hitazo”. Para ella, enterarse de la muerte del Indio fue el impacto de un límite temporal de golpe: “Fue darme cuenta de que era el fin de una era, el fin de la era del Indio contemporáneo a nosotros. De decir está en presente, lo tenemos, de vez en cuando sube una foto. Pero ahora ya trascendió y pasó a ser otra cosa. Es inmortal, es un dios”. Al momento de elegir una guía para el futuro, Camila no dudó: “Me gusta mucho una frase que aplica a la vida en general: Si no hay amor, que no haya nada. Y creo que con amor lo recordamos al Indio, con amor lo seguimos y lo vamos a seguir siguiendo”.

A brillar Carlos Alberto «El Indio» Solari.

Unos metros más allá, un grupo de amigos intentaba procesar la noticia compartiendo el peso del duelo. “Nos impactó con mucho dolor, con demasiada tristeza y mucha sorpresa también”, explicaron cruzando voces. Uno de ellos revivió el instante preciso en que el mundo se detuvo a las 9 de la mañana: “Mi viejo me dijo ´tengo algo malo para contarte, tenés que sentarte’. Y ahí me dijo. Y lloramos a full”. Al pensar en la dimensión del mito, los chicos apuntaron al vacío político y cultural que deja el cantante: “Es un gran vocero. Cuando pensábamos qué era lo que nos ponía tan tristes, yo pensaba que es el hecho de no tener su mirada de la realidad todos los días. La realidad va a ir cambiando y ya no vamos a tener su opinión”. Antes de perderse de nuevo en la marea, dejaron su testamento de canciones indispensables: Bailar, bailar, Etiqueta negra, Esa estrella era mi lujo y Nuestro amo juega al esclavo”.

La herencia paterna volvió a aparecer en el relato de Natalia, quien se enteró apenas abrió los ojos: “Me enteré literalmente apenas me desperté, agarré el celular y sinceramente me partió el pecho. Te desayunás una amarga”, confesó con crudeza. Para Natalia, la figura que hoy pasa a la eternidad es inmensa: “Es un gran músico, un ícono del rock directo. Lo escucho desde chica; mi papá en mi casa siempre ponía el Indio. Lo empecé a escuchar más o menos a los 14 años, y desde siempre me acompaña”. Con orgullo, señaló la frase que lleva pintada en su propia tela: “La que tengo en la bandera te diría: El ladrón de mi cerebro”.

En la misma sintonía, compartiendo el código de la herencia y el desvelo, se sumó Lucas. Con las manos en los bolsillos y la mirada fija en las banderas, repitió casi como un eco las palabras que se calcaban en el sentimiento de su generación: “Me partió el pecho apenas agarré el celular. Es el ícono del rock de nuestras vidas, el que escuchábamos con mi viejo desde que tengo memoria”. Lucas también eligió despedirse aferrado a esa misma lírica que hoy se vuelve bandera: “Me quedo con El ladrón de mi cerebro, no hay otra.

La noche empezó a caer sobre el centro cordobés, pero la esquina no se vació. Quedó flotando en el aire el aroma a los choripanes, el murmullo de los cantos que ya no van a parar y la certeza de que el pogo, aunque hoy duela en el alma, se va a quedar a vivir para siempre en las calles.