Patriotismo o patrioterismo: la diferencia que la crisis deja al descubierto

Hay una frontera sutil, pero tajante, que la sociedad suele cruzar sin darse cuenta cuando las crisis aprietan el cuello: la línea que separa al patriotismo del patrioterismo. La distinción no es académica, es de comportamiento y de intención. El patriotismo es una fuerza constructiva, un sentimiento genuino de amor, respeto y responsabilidad por el propio país y su gente. El patrioterismo, en cambio, es su mueca ruidosa: una exaltación exagerada, ciega y excluyente de lo nacional, un nacionalismo de cotillón que suele usarse para inflar el pecho hacia adentro y justificar el rechazo hacia afuera.
Acá, en Córdoba, esa regla no escapa. Los festejos movilizan masivamente las calles céntricas de la capital y colman las principales plazas del interior provincial en una catarsis colectiva sin precedentes. Sin embargo, a pocas cuadras de esas mismas plazas, la realidad muerde: la gente se queda sin trabajo, los comercios tradicionales bajan sus persianas definitivamente y las familias hacen malabares frente a las góndolas. La tonada cordobesa, siempre propensa al festejo y la reunión, parece encontrar en la euforia un refugio transitorio, un analgésico para no mirar el derrumbe cotidiano de nuestro propio aparato productivo.
Por estos días, al calor del Mundial, la Argentina asiste a un desborde de esa liturgia chauvinista. Una marea de banderas, discursos inflamados y consignas de acero que pretenden vendernos una fortaleza que no tenemos. Sin embargo, detrás de esa escenografía de cartón pintado, el contraste con la realidad es demoledor. Es inevitable preguntarse por qué esa misma efervescencia colectiva, ese exceso de celo por “lo nuestro”, brilla por su ausencia cuando la crisis nos lleva puestos.
Mientras el espacio público se llena de consignas vacías, el país real sangra en silencio. La pérdida de puestos de trabajo, el goteo incesante de pymes y empresas que bajan sus persianas, y la degradación del poder adquisitivo son datos de la realidad que parecen no activar ningún resorte del orgullo comunitario. Pareciera que somos capaces de movilizar el alma por un símbolo, pero permanecemos anestesiados ante el desmantelamiento de las bases que sostienen la vida de nuestros compatriotas.
El patrioterismo funciona hoy como el gran sedante nacional: una droga que permite simular grandeza colectiva mientras, en la realidad, la desocupación y el cierre de fábricas vacían el futuro.
Esa contradicción es el síntoma de una batalla cultural que se está perdiendo día a día, en silencio, tanto en la frialdad de los escritorios oficiales como en el asfalto de las calles. Nos hemos acostumbrado a delegar el destino. Mientras nos distraemos con la pirotecnia del orgullo chauvinista, los resortes fundamentales de la educación, el trabajo y el tejido social se precarizan a niveles alarmantes. La verdadera soberanía —la de una sociedad educada, con empleo digno y capacidad de decidir su rumbo— se entrega sin resistencia mientras la tribuna sigue gritando.
El riesgo del patrioterismo es precisamente ese: que sirve como el perfecto mecanismo de evasión. Es más fácil envolverse en la bandera que exigir respuestas por el desempleo. Es más cómodo cantar un himno que defender los puestos de trabajo que se destruyen en el propio barrio.
Amar a la patria no es aplaudir sus leyendas mientras se ignora su decadencia. El verdadero patriotismo no necesita de la ceguera ni del ruido ensordecedor de los festejos para justificarse. Hoy, más que nunca, ser patriota exige abrir los ojos, sacudirse la anestesia y asumir que la nación no se defiende en las fechas del calendario, sino en la resistencia diaria contra la crisis que nos desintegra. Todo lo demás es solo cotillón.